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Educación Vs Alimentación


Solía creer con toda mi alma y con todo mi cerebro, que la educación era la respuesta verdadera y cierta a todos los males del mundo. Era una entusiasta decidida y consideraba que en el aula se ofrece la posibilidad de barrer a la ignorancia, de inculcar valores, de engrandecer el espíritu, pero uno va cayendo en cuenta que, por supuesto y de manera inevitable, el gobierno determina en forma decisiva cómo se distribuyen los dineros destinados a la educación. Y empezaron a surgir ideas maravillosas sobre que los niños necesitan computadores e inglés, que los maestros no necesitan un sueldo digno porque su labor, casi altruista, no busca recompensa material, en tanto que otros “maistros”, que están sindicalizados, ellos sí merecen camionetototas para realizar una labor digna, y que los líderes de ese sindicato requieren de inmuebles y prebendas que les permitan realizar sus labores educativas que con total desinterés brindan al pueblo.

Por lo pronto se ve que los niños a quienes va dirigida la tal educación, están anémicos, carentes de energía y francamente desatentos porque, si pueden hacer acopio de atención alguna, esa la dedican a los problemas familiares o a resolver los asuntos más apremiantes: ¿qué voy a comer hoy? Y entonces uno se pregunta: ¿para qué carambas necesita un niño una computadora en el aula si no tiene la capacidad de aprender con ella? Parece una epifanía comprender que es más urgente resolver la pobreza extrema, tan extrema que miles se suman a ella con la rapidez del rayo. Voltea uno entonces y ve las imágenes de los regentes de nuestro gobierno, de nuestro sino, y ve personajes robustos, enérgicos, inflados de vanagloria, de soberbia y de billetes; no puede uno dejar de calcular cuántas familias comerían al año con lo que ganan en un mes. Y pasan el tiempo dedicados a dormir en curules (antaño asientos de sabiduría y rectitud) y en dar instrucciones para adquirir… ¿adquirir qué?: pues todo: casas, guardaespaldas, droga, sexo, presencia mediática y todo lo demás, para que sus hijos, formados en la ignorancia y en estados psicóticos, concluyan que merecen todo sólo por ser hijos de… ¿cuál de todos esos patanes? Gente sobrealimentada, cuidada con mimo, a quienes se les ha regalado todo el dinero (robado a quienes no comen) para poder, desde su posición en el tope de “jerarquía” denostar a la “plebe”.

Y entonces aparece esta disyuntiva en la que la gente de a pie es apremiada a decidir a qué causa dedicará los centavos del redondeo: existe el generoso que se entusiasma por cada causa que le proponen, el apático que ni siquiera se cuestiona para qué causa, el borrego que se encadena a una sola causa (los niños discapacitados, por ejemplo) y el avaro que no otorga a ninguna. La gente de la clase media se encuentra en medio del emparedado como si fuera no ya como una rebanada de jamón sino como una lámina casi del grosor de una calcomanía, prensado entre una masa creciente de gente paupérrima y el peso aplastante de una “jerarquía” inflada a base de gula y avaricia. Entonces yo elijo: alimentar a los niños.


Periódico Poder Político 2020

Poder Político es una publicación de Editora del Sureste S.A.

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