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Contar a los muertos



FEDERICO REYES HEROLES

¿Qué hacer con ellos? Ya no están con nosotros, pero los queremos cerca. En la intrigante búsqueda por tratar de conocer su destino, por saber algo de los muertos, el ser humano ha inventado cielos, infiernos, el nirvana, sitios inaccesibles para los vivos y, por ende, irrefutables. Hay, sin embargo, una constante: queremos saber dónde están o estarán, incluidos los sitios imaginarios. Abrazados por la oscuridad queremos cierta certidumbre, así sea producto del artificio, para, con ella, poder paliar la ausencia.

03 de Mayo de 2016

Lo inmediato es el dolor frente al vacío. Las expresiones para mitigarlo son muy diversas. El duelo, el luto, pueden prolongarse mucho en el tiempo. Pero, ¿qué es mucho? Recordar a los otros el dolor propio con vestimentas negras o ceremonias es otra forma de mirar a lo eterno. El tránsito entre los mundos, el viaje, es parte del trauma. Ropajes especiales, joyas, amuletos, alimentos serán compañía. El recuerdo como una construcción emocional necesaria merodea. Visitar una tumba, que también puede ser una montaña o un lago donde viven las cenizas, es otra forma de fuga frente a lo inexorable. Esos lugares terrenales son una necesidad.

Los poderosos se construyen mausoleos para resguardarse, ésa era la función de los Guerreros de Terracota. Lenin descansa en la Plaza Roja para ser admirado y recordado; Napoleón, en el centro de París; Franco, en las afueras de Madrid. Pero los monumentos no son exclusivos de la megalomanía. La necesidad de tener hogares para la muerte va de la mano de la búsqueda de refugios emocionales para los vivos y tiende a ser universal. Saber vivir es saber convivir con la muerte. En Myanmar, la antigua Birmania, un país fantástico, pero muy pobre, las tumbas familiares acompañan a los hogares. Allí las flores coloridas son parte de la vida cotidiana. Los vivos viven con sus muertos. Canetti lo radiografió con gran precisión. La masa de los vivos está (estamos) en permanente diálogo con la masa de los muertos.