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El Conflicto de las frases



Por: Magdalena Macías Valadez

Es inevitable en estos tiempos que nuestro cerebro sea zona de conflicto por todos los mensajes que recibimos. Por supuesto es muy placentero leer una reflexión que te propone ser mejor persona y que te dé un empujón más hacia la perfección, ¿pero te has fijado que muchos de ellos son contradictorios? Por ejemplo: es común que leas que nunca debes desistir, aunque mentes brillantes te sugieren que ceses en tu intento si has practicado una acción tantas veces con el mismo resultado pues, después de darte contra la pared tantas veces sin llegar a tu meta, lo más sabio es cambiar de estrategia; incluso el “tao” sugiere que hagas “nada”, reacción que en sí misma es una forma de acción. También hemos escuchado con regularidad que uno ha de ver en su interior y amarse a sí mismo antes de intentar siquiera actuar en favor del prójimo, mientras que otros consejos insisten en que si no vives para servir no sirves para vivir. Este debate se extiende a temas tales como la competencia versus la colaboración, el éxito monetario versus la paz espiritual, entre muchos otros.

Quizás recuerdes un famoso libro llamado “Tus Zonas Erróneas”, escrito por Wayne W. Dyre, en el que aconseja a los introvertidos abrirse al mundo, en tanto que en otra sección del mismo libro aconseja a los extrovertidos algo más de introspección; toda vez que no queda muy claro a quién va dirigido cada mensaje, solía suceder que el introvertido alababa la introspección y el extrovertido declaraba estar en lo correcto cuando se abría hacia el mundo: el consejo resultaba contrario a lo que pretendía el autor puesto de confirmaba una postura no del todo sana o correcta por ambas partes.

Algo tan trivial como “no es bueno comer aguacate por el colesterol”, contra el “el colesterol del aguacate es bueno” se convierte en tema de polémica porque “si lo dice la internet” es correcto. La confusión existe desde siempre en los libros sapienciales (la Biblia, el Corán, en el Tao Te King, en el I Ching y otros), en los que por un lado se invita al lector a una postura mesurada y serena frente a una ofensa, en tanto que exacerba los ánimos contra “el enemigo”.

Es así que muchos asumen una u otra postura conforme cambie la moda o el autor que estén leyendo en el momento, con el resultado de que de repente son fervientes veganos para, poco tiempo después, dar el bandazo y convertirse en carnívoros ¿Cuál es entonces la postura que hemos de privilegiar? Este es un tema delicado y creo que corresponde únicamente a cada individuo decidir. Yo sugeriría algunas pautas:

  1. Escuchar la propia naturaleza, la que tiende hacia algo (léase actitud, acción, alimento, afecto) según sus propias necesidades: no todos necesitamos mayor consumo de hierro y no todos estamos hechos para escribir, al igual que no todos estamos dotados para el ejercicio, por más que se le alabe.

  2. Reconocer los propios antecedentes. Por ejemplo, existe una fuerte tendencia pro indigenista a través de la cual se ataca todo tipo de intervención extranjera, cuando en verdad no sabemos si nuestra propia sangre es 100% indígena. No sólo resulta ridículo que se desee omitir un mestizaje que es real y del cual somos producto, sino que hace referencia a tiempos muy remotos y desconoce la naturaleza humana, que nos enseña que casi todos los pueblos del mundo, en todas las épocas históricas, han intervenido contra otros pueblos; aunque existen algunas excepciones, éstas confirman la regla.

  3. Decidir en conciencia hacia cuál de esas posturas nos sentimos más afines. Los principios morales que nos guían son pauta certera de que tomaremos la postura que es más correcta para cada uno de nosotros. Entonces podremos escuchar con satisfacción aquellas sentencias que hablan sobre “que no te importe lo que los demás dicen”, porque sabremos que ya hemos cumplido con nosotros mismos.

  4. Mantener a conciencia el empeño de ser congruentes y consistentes con nuestras decisiones. Si después de 30 años se considera que la postura adoptada no es la correcta, entonces se modifica sin remordimiento alguno, porque se ha hecho lo que, en su momento, se consideró correcto.